jueves, 19 marzo, 2026
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Imperialismo y desorden mundial: la caja de Pandora de otra guerra en Medio Oriente

Cuando en diciembre pasado publicamos la segunda edición ampliada de El imperialismo en tiempos de desorden mundial, señalábamos cómo durante el último lustro se habría producido un salto cualitativo en las tendencias al caos sistémico global y al avance guerrerista. La invasión rusa de Ucrania, el giro de Israel hacia una ofensiva genocida en Gaza y la aceleración del rearme en Europa y Asia fueron algunas de las principales expresiones. También registrábamos cómo el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca se había convertido, en 2025, en uno de los vectores centrales de aceleración del desorden: su retorno trajo un relanzamiento de las guerras comerciales, nuevo recrudecimiento contra China, endurecimiento de la política antiinmigración e intentos de subversión del entramado de gobernanza internacional, forjado por EE. UU., pero que en la mirada de Trump es un condicionante para el poderío de la principal potencia.

En pocos meses, el panorama ha cambiado significativamente. El año 2026 arrancó con la incursión de EE. UU. en Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y dejar en su lugar a la hasta entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, a cambio de concesiones por parte del régimen como despachar el petróleo a EE. UU. Y el 28 de febrero, Trump anunció que iniciaba, junto con Israel, una operación militar en Irán con objetivos que desde entonces han ido cambiando. Estos eventos plantean cambios en el panorama internacional y debemos preguntarnos por el alcance de los nuevos sucesos y sus consecuencias.

Política y guerra

En términos del ambicioso rediseño de las relaciones internacionales que Trump ha proclamado buscar, tiene pocos resultados para mostrar en lo que va de mandato por fuera del ámbito militar. El primer año del segundo gobierno de Donald Trump no fue una marcha triunfal. Hubo ofensivas disruptivas importantes –nuevos aranceles sobre productos chinos y europeos, amenazas de retirarse de la OTAN si los aliados no aumentaban su gasto militar, sanciones ampliadas a empresas tecnológicas, presiones abiertas sobre el FMI y el Banco Mundial–, pero también retrocesos y reveses. La Corte Suprema frenó parte de sus aranceles “retaliatorios” más arbitrarios, señalando violaciones a procedimientos y competencias, y algunos intentos de imponer restricciones generalizadas a las importaciones chocaron con la resistencia combinada de grandes conglomerados importadores, agroexportadores y gobernadores de estados clave. Ese primer año expuso los límites institucionales y de clase del trumpismo: una fracción de la burguesía norteamericana está dispuesta a romper reglas, pero otra teme el costo de una guerra comercial sin brújula que desorganice las cadenas globales de valor de las que obtiene sus beneficios.

Trump sí se pudo arrogar, en cambio, un resultado exitoso en su intervención en la guerra de doce días entre Israel e Irán. EE. UU. realizó durante el último día de esta conflagración bombardeos que debilitaron, de acuerdo a la inteligencia estadounidense, las capacidades de Irán para el desarrollo nuclear. Esto le alcanzó al mandatario yanqui para proclamar la victoria.

Una guerra que acelera el caos sistémico

En Venezuela, y ahora nuevamente acompañando la avanzada militar de Israel contra Irán, Trump volvió a buscar en el terreno militar producir una muestra de fortaleza. Uno de los hilos que propone El imperialismo en tiempos de desorden mundial para leer la coyuntura actual es la combinación de declinación relativa del poder estadounidense y aumento de su agresividad. A medida que EE. UU. pierde capacidad de liderazgo y se multiplican sus rivales, recurre cada vez más al uso desembozado de la fuerza para intentar frenar tendencias que lo desbordan. Esto acicatea el desorden mundial, que se encuentra determinado por un conjunto de factores.

Esta lógica para el uso de la fuerza militar condensa, de manera especialmente cruda, la relación entre unilateralismo imperial, crisis de hegemonía y descomposición acelerada del sistema de gobernanza global. Por el momento, la capacidad bélica es uno de los planos donde el Estado norteamericano le saca varios cuerpos de ventaja a sus rivales, incluyendo a China. Los actos de Trump muestra la decisión de usar esa fuerza, hacerla valer, aprovechando que Rusia, concentrada en Ucrania, se ve limitada para actuar en otras geografías, y que China continúa focalizada en los problemas de Seguridad que rodean sus fronteras, empezando por la preocupación de Taiwán.

La guerra contra Irán, que involucra ataques masivos, asesinatos selectivos y el riesgo objetivo de desatar una guerra regional, es un ejemplo concentrado de este movimiento: un recurso a la intervención militar para torcer el tablero de Medio Oriente en favor de su principal aliado regional.

La combinación de unilateralismo y acompañamiento incondicional expresa un modo específico por el cual la presidencia de Trump busca lidiar con el de declive relativo de poderío estadounidense, buscando perpetuar por la vía de la fuerza una primacía que enfrenta múltiples desafíos. En ese movimiento acelera la descomposición del orden sistémico.

Rivalidad con China atravesando la guerra

China es el gran ausente-presente de la guerra con Irán. Ausente, porque no participa directamente; presente, porque el conflicto toca varios de sus nervios vitales. Es el principal comprador de petróleo iraní –alrededor de 1,3–1,4 millones de barriles diarios en 2025–, lo que significa que cualquier interrupción prolongada en las exportaciones de Irán o en el tránsito por Ormuz afecta de manera inmediata su seguridad energética.

Al mismo tiempo, su respuesta oficial es calculada: condena los ataques de Estados Unidos e Israel, llama a un alto el fuego inmediato, subraya la importancia de respetar la soberanía iraní y propone mediaciones, pero evita compromisos militares o sanciones que puedan arrastrarla a la confrontación directa. Se posiciona como defensora de la estabilidad y del derecho internacional, en contraste con un Washington que aparece como principal quebrantador de las reglas.

China no puede darse el lujo de un Medio Oriente en llamas, porque su economía depende de esos recursos; pero tampoco quiere ayudar a que Estados Unidos restablezca una hegemonía incontestada sobre la región. Como señalan algunos analistas, la apuesta china es que la guerra no se descontrole, pero sí erosione la imagen de Estados Unidos y alimente la percepción, especialmente en el Sur global, de que Pekín es un socio más confiable. Mearsheimer agrega un ángulo realista: China y Rusia tienen incentivos para “mantener a Irán en la pelea” –suministrando armas, inteligencia, respaldo diplomático– porque un Estados Unidos empantanado en el Golfo tendrá menos recursos para concentrarse en Europa del Este o en el Indo-Pacífico. Pero también subraya sus límites: ninguno de los dos está dispuesto a arriesgar un choque directo con Estados Unidos por Irán, y por tanto privilegian contribuir, en la medida de sus posibilidades y con las limitaciones que señalamos más arriba, a alimentar una guerra por procuración.

Un intento bonapartista en crisis

El caos sistémico no es solo una categoría para el sistema interestatal; tiene su correlato en la crisis política interna estadounidense. En el libro ya señalábamos la tendencia a la “bonapartización” del régimen: un poder ejecutivo que buscaba situarse por encima de las fracciones de clase y de los equilibrios institucionales, apoyándose en el aparato represivo y en un bloque social movilizado, en un contexto de polarización y deslegitimación de los partidos tradicionales.

Pero, como muestra la experiencia reciente, este intento bonapartismo se apoya sobre bases frágiles. En enero de 2026, las redadas de ICE y los operativos en Minnesota y otros estados desencadenaron protestas masivas en Minneapolis, Los Ángeles y otras ciudades, donde miles de manifestantes bloquearon centros de detención, denunciaron ejecuciones arbitrarias y exigieron el desmantelamiento del aparato de deportación. Se tejieron conexiones explícitas entre la violencia migratoria y la violencia imperial: pancartas que decían “No más guerras, no más jaulas”, consignas que ligan a Irán y Gaza con las cárceles y los barrios racializados estadounidenses.

Pasadas casi tres semanas de guerra, Trump se ve confrontado a una serie de dilemas estratégicos que no puede resolver solo con más misiles. Por un lado, necesita mostrar que Estados Unidos sigue siendo capaz de imponer su disciplina cuando decide volcar la fuerza militar; por otro, sabe que el margen material y político para una campaña larga es limitado. Tiene que calibrar hasta dónde escalar para quebrar capacidades iraníes sin desencadenar una respuesta regional que involucre a otros actores armados y dispare el precio del petróleo a niveles que golpeen de frente a la economía norteamericana. Cada decisión táctica (qué objetivos golpear, cuánto tiempo sostener operaciones de alta intensidad, qué tipo de represalias tolerar) arrastra implicancias estratégicas que van más allá del teatro de operaciones.

Si Trump detiene las operaciones demasiado pronto, sin poder exhibir una degradación visible de las capacidades iraníes ni concesiones claras del régimen en el terreno nuclear o misilístico, quedará expuesto a la acusación –desde su propia derecha– de “debilidad” y de haber desperdiciado una oportunidad histórica. Pero si prolonga la guerra se enfrenta a una espiral de ataques y contragolpes iraníes, hostigamiento a bases y buques norteamericanos, tensiones con aliados que no quieren verse arrastrados a una conflagración regional, y un deterioro sostenido del clima económico. Cualquier desenlace que no sea una victoria aplastante (que hoy es muy difícil) corre el riesgo de aparecer como una derrota o, al menos, como un “no triunfo” costoso. Sobre todo esto se proyecta la preocupación por los impactos electorales. Una guerra que se alargue, que dispare los precios del combustible, que obligue a mantener un alto nivel de alerta militar y que se traduzca en bajas norteamericanas corre el riesgo de fracturar su propia base, en la cual ya hay sectores que se manifestaron contra esta vuelta de EE. UU. a meterse en conflictos lejanos que generan daños concretos sobre el bolsillo.

Si la guerra en Irán se prolonga sin una “victoria” convincente y se traduce en más inflación, más recortes, más militarización interna, es razonable prever que esa articulación pueda profundizarse. Encuestas ya registran un apoyo oscilante a la guerra: mientras algunos sondeos muestran respaldos iniciales a los primeros ataques, otros indican mayorías escépticas sobre el manejo del conflicto y su impacto sobre la seguridad de Estados Unidos. Cuanto más se alargue el conflicto, mayor será la presión social y política para frenarlo.

La empresa de Trump coquetea con un peligro todavía mayor: la movilización de masas. La perspectiva de una guerra incierta con impactos económicos que rápidamente pueden hacerse muy palpables en el costo de vida, sumadas a las imágenes de destrucción y las bajas militares, pueden der aire a mayores irrupciones desde abajo. Ya Trump recibió un golpe a principios de este año por las acciones de masas contra su política antiinmigración. En enero, miles de personas en Minneapolis, Los Ángeles, Nueva York o Boston salieron a la calle contra la operación “Metro Surge” del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), tras la muerte de Renee Good y otros casos de violencia letal de agentes migratorios. Hubo marchas, boicots, llamados a “apagones” laborales y estudiantiles, bloqueos frente a centros de detención; se tejieron conexiones explícitas entre la violencia de un Estado que dispara a migrantes o personas racializadas en el interior y el Estado que bombardea a poblaciones en el exterior. Esas protestas muestran que existe una base social, especialmente entre jóvenes, sectores racializados y parte del sindicalismo, dispuesta a desbordar los marcos institucionales cuando percibe que las agencias represivas actúan impunemente.

La crisis del bonapartismo trumpista se da en el cruce de dos dinámicas: un imperialismo que se vuelve más agresivo hacia afuera en la medida en que su hegemonía declina, y una sociedad fracturada donde sectores significativos empiezan a experimentar, en su vida cotidiana, los efectos combinados de la guerra externa, la guerra comercial y la guerra social interna. Las irrupciones desde abajo –contra el ICE, contra la brutalidad policial, en solidaridad con Palestina o con los pueblos bombardeados– son todavía embrionarias y heterogéneas, pero apuntan a un punto estratégico: la comprensión de que el mismo Estado que destruye ciudades en Irán y sostiene el genocidio en Gaza es el que deporta migrantes, militariza barrios, congela salarios y destruye derechos. Una guerra prolongada y sin desenlace claro puede funcionar como catalizador para esa rabia acumulada. Si a las imágenes de destrucción en Teherán, Isfahán o Bandar Abbas se suman recortes de gasto social para financiar el presupuesto militar, subas del combustible que golpean a trabajadores pobres y nuevas redadas y deportaciones usadas para fabricar chivos expiatorios internos, el vínculo entre “guerra afuera” y “guerra adentro” se vuelve más evidente para capas cada vez más amplias. En ese escenario, las protestas contra el ICE y la Border Patrol pueden conectarse con movilizaciones contra la guerra, boicots a empresas vinculadas al complejo militar, huelgas en puertos o fábricas que rechacen colaborar con envíos de armas, y acciones en campus universitarios que exijan desinversiones en contratistas del Pentágono. La guerra no es solo un tema de política exterior sino que puede convertirse en uno de los detonantes de una aguda crisis de régimen. La lógica de “no en nuestro nombre” adquiere un contenido de clase y racial concreto.

En el cruce entre el desgaste imperial externo y las irrupciones desde abajo se juega una posibilidad: que la guerra, lejos de consolidar al bonapartismo trumpista, termine debilitándolo, abriendo espacio para nuevas oleadas de lucha que cuestionen tanto la violencia imperialista como el entramado represivo y racista que la sostiene dentro de las fronteras estadounidenses.

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Esteban Mercatante

@EMercatante

Economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas. Autor de los libros El imperialismo en tiempos de desorden mundial (2021), Salir del Fondo. La economía argentina en estado de emergencia y las alternativas ante la crisis (2019) y La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (2015).

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